¿Ver para creer?

Hay un día en el que pasas de entrar de puntillas al cuarto de tu hija para coger el diente y dejarle un regalo sigiloso a negociar con ella las tarifas de Pérez (el ratón).

-Son tres euros por un diente y cinco por una muela, mamá.

La magia da paso al negocio. A algunos les pasa lo mismo con la fe. Dejan de creer pero se quedan en la sacristía haciendo el recuento del cepillo. Ahora entiendo aquello de adorar el becerro de oro, una alusión bíblica que cuando iba al colegio de las monjas me causaba estupor.

Tres euros el diente, cinco la muela. Hay que reconocer que Minichuki estuvo lista ayer, cuando me llamó al trabajo para envolverme en su telaraña. Previamente su profesora, a la que considero amiga, me había mandado un whatsap comunicándome la caída de la muela y que, tras decirle a mi hija medio en broma: “va a haber que comunicárselo al ratón Pérez…” ella le respondió: “Sí, apunta:” y a continuación le recitó mi número de teléfono.

Más tarde, ya en casa, trató de provocar ella sola una inflación repentina de las piezas dentales, y debí poner tal cara que resumió que yo era una rata y que ya sabía ella que si de mí dependiera no habría más de dos euros a la mañana siguiente bajo su almohada. Le recordé el pollo que me montó meses atrás, cuando dejó de creer en el ratón porque sus amigas le dieron sólidos argumentos: “Si ya no puedo creer en Pérez ni en los Reyes Magos, ya no puedo creer en nada”.

Pero creer en nada no te conduce a nada. Y esta es mi primera gran aportación teórica de la mañana. A mi hija le expliqué con mi tufillo indeleble de ex alumna de las monjas que hay que creer en los amigos, en el cariño incondicional de la familia, en los árbitros de fútbol honestos y de vista bien graduada, en la importancia del gin-tonic (esto no se lo dije pero me lo reservo para cuando tenga edad)… Que hay que creer en que las mejores cosas de la vida son gratis. Ella ponía cara de “ya está mi madre con su poesía absurda” y cuando al fin me callé, resolvió:

“Bueno, sí, pero yo tengo la hucha casi vacía porque la hermana me pide dinero todo el rato. Necesito que Pérez vuelva”.

No había contado yo con el corralito de la adolescente. Así que he procedido esta mañana a dejar unos euros debajo de la cabeza somnolienta de la enana. Y me he quedado un rato mirándola y he pensado que hay pocos placeres más bestiales que mirar a un niño cuando duerme. Su confianza extrema, el olor a piel caliente. La fe con la que anoche se fue a la cama convencida de que la tacaña de su madre, esa que le dosifica la Nintendo y se la esconde tanto que la pierde para siempre, le depositaría un dinerillo por su muela. Más aún teniendo en cuanta que, como me detalló, “está limpia, sin caries, así que vale más. He visto muelas podridas en el cole, te lo aseguro”.

Somos aquello en lo que creemos, así que más nos vale aferrarnos a cualquier variedad de fe como mejillones a la roca. Y en este punto me planteo si se admite pulpo como animal de compañía. Y asumo que creo en la buena mesa y el buen vino, en una conversación animada, en esa literatura que te sacude un fogonazo entre la página 100 y la 101, en el sudor de la carrera un domingo al amanecer, en el placer de dormitar en el AVE, en la redención de los bienintencionados, en el sexo con ternura postcoital, en la mediocridad de los políticos, en la vanidad como fuente de muchos males, en el Réquiem de Mozart, en que mis padres hicieron lo que pudieron, en la inquebrantable lealtad de mis hermanos, en que la crisis se inventó en un consejo de administración, en que Ashton Kutcher tiene cara de idiota por mucho dinero que gane, en que ningún tiempo pasado fue mejor…

Y creo que a partir de los cuarenta se te abren los ojos a algunas certezas y ese es el premio de consolación por la condena de cumplir años. Y es gratis, como las mejores cosas de la vida.

P.D. Y sí, creo me ha quedado un post tan meapilesco que la madre Socorro, aquella monja recordeta, estaría orgullosa de mí. Taras que tiene una)