1. Algunos dueños de perros ya no recogen las cacas. La ausencia de mirada censora de transeúntes en la calle desierta despierta el yo más incívico. Y eso que tener perro te da coartada para salir a respirar sin que se te encaren las fuerzas y cuerpos de seguridad. Amas a tu Bronte aún más, si cabe. Siempre dispuesto a un plan callejero con pelota de goma.
2. Te da por limpiar a horas raras. Tantos mensajes de profilaxis hacen que mires con sospecha los tiradores de las puertas, el del horno o los grifos. Y de ahí a coger el spray de detergente con lejía hay un paso. Tu padre te mira de refilón como preguntándose qué virus psicológico te ha sido contagiado. Luego se dispone a hacer un menú ligero dadas las circunstancias de inactividad: Macarrones con chorizo, fabada, carne con patatas…etc. Te pesas de refilón y compruebas los estragos. Pero no haces ascos a la Estrella Galicia con patatas fritas ni al helado de menta con chocolate que tu padre se ocupa de reponer porque sabe que es tu favorito.
3. Los grupos de Whatsapp amontonan memes, palabras de aliento, vídeos demasiado largos, fake news de pretendida solvencia y consejos de especialista sobre el coronavirus con el aviso “este sí que debes verlo. Palabra de dios”. Yo no creo que Dios esté para muchas menciones. Si acaso, el Antiguo testamento y en concreto el pasaje de las siete plagas de Egipto.
4.La jerarquía de las noticias impone implacable su ley. El virus se merienda un asunto que hubiera sacudido los cimientos del país. El rey repudiando al emérito por sus cuentas off Shore y ausencia de ejemplaridad. Otro ejemplo: Siria y su guerra temen ser olvidadas a cuenta de la pandemia. Y Sudán del Sur, y todos esos focos del terror que respiran aire tóxico de odio desde hace años. Te juramentas para seguir leyendo también estas noticias.
5. El amor mundano se resetea. Los amantes furtivos no pueden verse fácilmente, el roce vuelve a los dormitorios nupciales bendecidos por la ley y/o la Biblia. Los puticlubs deben estar vacíos (imagino) y los padres y madres disfrutan al fin de esa alegría de la infancia 24 horas. Un sueño hecho realidad. Una olla de presión controlada por un mono que se abanica mirando a Gibraltar.


6. Hay quien funde el catálogo de Netflix y llueven las recomendaciones de series, pelis, playlist, apps, libros y salmos responsoriales. La prescripción se apodera de las mentes. Incluso de las que prescriben por encima de sus posibilidades.
7. Aplaudes desde la ventana y sientes un abrazo de solidaridad entre esos vecinos con los que apenas has cruzado palabras de cortesía. Aplaudes hasta que te duelen las manos con los tuyos y parafraseas: “la familia que jalea a los sanitarios unida permanece unida”. Vuelves a confiar en el ser humano y en la comunidad como cemento salvífico.
8.Colocas cada cosa en su sitio. Dedicas poco tiempo a las pamplinas y mucho a lo esencial. Llamas a los amigos a los que has frecuentado poco últimamente y te alegra oír su voz.
9. Fallece un amigo querido del verano Astur. Un hombre de voz de trueno y corazón hiperbólico. Muere un compañero de trabajo en accidente de moto. Escribes el comunicado obituario y en un suspiro te sorprendes pensando: la vida y la muerte van por libre. Las plagas, el cáncer, el azar más cruel siguen campando a sus anchas. Es tiempo de amor y de cordura.
10.Lees a Jonh Berger con pasión renovada. Y a Montaigne. Y a Plath. Y a Héctor Abad, que te dice que ha venido de Colombia a presentar su novela pero el coronavirus ha impuesto su ley. Y no es tan importante, sin embargo. Casi nada lo es ahora, dadas las circunstancias.